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Cuando el ángel Gabriel se apareció a María para decirle que concebiría y daría a luz un hijo, María respondió con su fiat: "que se cumpla en mí lo que has dicho" (Lc 1, 38). María concibe a Cristo en su seno, y se convierte en la madre de Dios, la madre de Jesús. Jesús mismo nos dice que Él es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Al convertirse en la madre de Jesús, María se convierte en la madre de la vida. La aceptación de María en este momento imprevisto demuestra cómo cada uno de nosotros debe acoger el don de una nueva vida humana, incluso cuando ese don es inesperado o nos exige sacrificios.

Eva fue llamada “la madre de todos los vivientes” (Gn 3, 20). Lamentablemente, su desobediencia trajo el pecado al mundo. En cambio, María, por su obediencia a Dios, da a luz a nuestra Salvación. María se convierte en la Nueva Eva: la nueva madre de todos los vivientes. Su fiat nos da un ejemplo de perfecta docilidad y cooperación con la voluntad de Dios.

En la Anunciación, cuando María se entera de que su prima anciana Isabel tiene seis meses de embarazo, se pone en camino de prisa para visitar a Isabel, y pasa los tres meses siguientes a su lado, aun estando ella misma embarazada. En su servicio abnegado a Isabel, la Santísima Virgen es modelo perfecto de cómo estamos llamados a acompañar a las madres gestantes mientras se preparan para acoger una nueva vida en el mundo.

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Oh, María, "Madre de los vivientes, a Ti confiamos la causa de la vida". 

Evangelium Vitae

La función de María como madre de la vida se despliega desde la Anunciación hasta la Crucifixión. En el Calvario, María permanece al pie de la Cruz junto a san Juan. El Evangelio nos dice: “Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: 'Mujer, aquí tienes a tu hijo'. Luego dijo al discípulo: 'Aquí tienes a tu madre'. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19, 26-27).

Con sus últimos alientos en la Cruz, Jesús confía a María y al Discípulo Amado el uno al otro y, por extensión, establece una relación materna entre María y la Iglesia. Las palabras de Jesús se dirigen no solo a san Juan, sino a cada uno de nosotros. En este momento, la madre física de Jesús se convierte en la madre espiritual de la Iglesia y de todos los fieles. San Juan procede a recibir a María en su casa y cuida de ella a medida que avanza en edad, lo cual demuestra nuestra responsabilidad de continuar nuestro cuidado de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural. María, quien nos enseñó cómo alimentar la vida humana, se convierte en la receptora de ese mismo honor y cuidado.

 

La vida de la Santísima Virgen nos enseña a respetar cada vida humana en cada etapa y circunstancia. María es nuestro modelo para defender la santidad de toda vida humana. Oh, María, "Madre de los vivientes, a Ti confiamos la causa de la vida".[1]

[1] Papa Juan Pablo II, Evangelium Vitae, 105.

Los textos bíblicos de esta obra están tomados de El Libro del Pueblo de Dios, Libreria Editrice Vaticana y se usan con el permiso del dueño de los derechos. Se reservan todos los derechos. Copyright © 2026, United States Conference of Catholic Bishops, Washington, D.C. Se reservan todos los derechos.

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